El más amoroso de los recuerdos

Por Jósbel Caraballo Lobo, ahora Janesvara Nityananda das

Pocos meses después de mi primera visita al templo Hare Krishna en Caracas (diciembre de 2009), supe, por mi amigo Hernán, que un guru estaría en Caraballeda, y me invitó a que los acompañara a una clase que éste daría en su casa. Es indescriptible la primera impresión que se tiene al ver por primera vez a un hombre de ropas largas, casi, de color naranja y tan versado en asuntos espirituales; todo tan lejano a lo que se acostumbra ver. Se trataba de Bhakti Bhusana Swami Maharaja. Estaban presentes una pareja de devotos (Krishna Varna y Lilashakti), Gladys y Ninfa (vecinas) y Hernán. Al llegar, el Swami me preguntó cuál era mi interés en la conciencia de Krishna. Le conté que estaba leyendo La Ciencia de la Autorealización, y que me había interesado mucho el tema del desapego material, algo tan difícil de interiorizar. Me preguntó a qué me dedicaba y le conté que estaba por terminar la carrera de Ingeniería de Sistemas, ante lo cual bromeó, diciendo que de nada servía todo lo que había aprendido en la universidad, si algún día nos quedábamos sin energía eléctrica. Durante la clase, los devotos cantaron prolongadamente el maha mantra: “Hare Krishna / Hare Krishna / Krishna Krishna / Hare Hare / Hare Rama / Hare Rama / Rama Rama / Hare Hare”, el Swami habló sobre la importancia del cultivo de la vida espiritual, a través del canto de este mantra, y nos dejó hacerle preguntas al final de la clase. Recuerdo que pregunté cuál era la única memoria que se iba con nosotros hacia la próxima vida y me respondió sin dudar: “El servicio devocional”.

Hare Krishna, en la búsqueda de la purificación espiritual. En muchas ocasiones, conversé al respecto con Hernán y siempre le atrajo la idea, aunque constantemente, prolongábamos el inicio definitivo. Entonces, asistía continuamente a los programas que se realizaban en el templo, leía los libros y la idea continuaba allí: el hacer algo en nuestro estado, un centro de prédica, de canto.

En abril de 2010, Hernán se encontraba leyendo un libro de Srila Bhaktivinoda Thakura, del que extrajo emocionadamente el nombre a aquel programa que queríamos iniciar: Nama-hatta. Recuerdo que me llamó para contármelo y en el momento, pensé que era un avance pequeño, pero tal vez significativo; teníamos el nombre.

A finales de 2010, cuando terminé mi carrera universitaria, en la dedicatoria de mi trabajo final, dije: “A Sri Chaitanya Mahaprabhu, por configurar el más amoroso de los recuerdos en el corazón y en la palabra intemporal de Su Divina Gracia, Sri Srila Prabhupada”. En la misma inspiración, debió fortalecerse el canto, el amor por la palabra que se levanta y nos eleva, para poder añorar lo mismo para nosotros: configurar el recuerdo, no sólo para uno, sino para el amigo, el vecino, el bienqueriente.

En esa inspiración, llegó marzo de 2012. Visité el programa devocional que Revatish prabhu lleva a cabo semanalmente en la ciudad de Valencia, en el Parque Negra Hipólita, en el que se canta Hare Krishna, se leen textos devocionales y se toman alimentos bendecidos (prasada). Creo que me sorprendió advertir lo sencillo que resulta llevar un programa como éste. Allí volvieron las ganas que en algún lugar, descansaban. Le pedí a Revatish que me orientara y me dijo: “Cantar, leer y tomar prasada. Mantenerlo así vaya sólo una persona”. Entonces, me encontraba viviendo en la ciudad de Maracay. Pasaba las semanas y la idea era cada vez más llamativa. A finales de mayo, llamé a Andrés y a Hernán, para proponerles iniciar nuestro programa devocional en Caraballeda, con fecha tentativa: el sábado 2 de junio, para darle continuidad semanalmente. Ambos estuvieron maravillados con la propuesta, y aceptaron de inmediato.

Al llegar el día, nos reunimos temprano para comprar los alimentos que se ofrecerían en el programa. Hernán fue (y ha sido) el encargado de preparar y ofrecer los alimentos, y tanto Andrés como yo, ayudábamos en lo que fuera necesario. Nos trasladamos con las escrituras y el prasada al sitio que elegimos para dar inicio a nuestra actividad devocional, y que hemos concurrido, siempre la lluvia no se hace presente. Sumamos once personas aquel sábado: Hernán, Luisa, Nataly, Andrés, Albaro, Leonardo, Savas, Johan, Gabriela, Maryan y yo. Once almas cantando “Hare Krishna / Hare Krishna / Krishna Krishna / Hare Hare / Hare Rama / Hare Rama / Rama Rama / Hare Hare”, presenciando cómo la “palabra intemporal” de Su Divina Gracia, Abhay Charanaravinda Srila Bhaktivedanta Swami Prabhupada, se levantaba y nos recordaba nuestra identidad eterna. Llegó la noche, y todos seguían conversando, comentando. Nos fuimos caminando, con una dicha inmensurable. Hernán me dijo: “Srila Prabhupada debe estar muy contento”. Creo que esa, era nuestra esperanza.